Pulgar 2 . 0

“Yo tengo tus mismas manos,

Yo tengo tu misma historia,

Yo pude haber sido

el pianista del gueto de Varsovia”

El Pianista del Gueto de Varsovia

Juanito, un Australopithecus Afarensis de hace 3 millones de años, hace trepar grácilmente sus 46 kg de homínido extinto por un arbolito silvestre de Tanzania para recoger sus frutos. El tiempo anda seco este año y todos los años, y vive el que tenga la vista más aguda y la mano más presta. Juanito es de los buenos. Se sostiene con cierta facilidad sobre sus dos piernas, camina liviano largas extensiones cada día y utiliza sus manazas libres “recién” estrenadas para avanzar por entre las ramas como un primate venido a más. De todos sus dedos, el que más le gusta cuando se examina entusiasmado la extremidad cada mañana, es el pulgar. El pulgar, más estrecho y con un hueso menos que el nuestro, es el que le da de comer y el que en unos 2 millones de años hará del Homo todo un Habilis en el uso de las herramientas.

Pedro es uno de esos hombres diestros de mediados del Pleistoceno. Él pasó a la historia por ser el púgil más concienzudo de la edad de piedra, golpeando cantos cada tarde a la contraluz del sol esquivo hasta conseguir perfilar un bisturí rocoso con el que trocear la carne y despezar los vegetales. De haber existido la electricidad, Pedrito habría amenizado sus atardeceres de cantero con un concierto para cuatro claves de Bach: después de pulsar en “stop” y “pause” indebidamente, bien habría sido capaz de presionar en “eject” e introducir una cinta, y luego habría golpeado con relativa sutileza sin querer el “play” para hacerla sonar, e incluso podría haber cambiado la radio de sitio para buscar una mejor frecuencia o subir el volumen haciendo uso presumido de sus dedos índice y pulgar. Tan buena habría sido su pinza para tales industrias.

De esta guisa vivían Pedro y compañía en Kenia, golpeando con criterio sus piedras e ignorando que, 100.000 años después, Andrés invertiría sus horas matutinas en mejorar la herencia de su manufactura. Él pertenecía a la especie del Homo Erectus, cabezón y cabezudo, ágil y pertinaz, y lo suficientemente obstinado como para competir con Pedro en lo que producción de herramientas se refiere. Sus hachas eran tecnología lítica, el artilugio que cada noche le permitía soñar con atrapar un mamut malherido y desollarlo desde la trompa hasta lo más insondable de su alma paquiderma.

Andrés pasaba parte de su escaso tiempo libre tal que así, con la cavidad bajo su lengua humedecida al imaginarse catando semejante manjar. Fue esa saliva motor suficiente para mantenerle ocupado en la talla de piedra cienes de miles años mientras su primo, Manuel, friccionaba palos hasta la extenuación para encender la chispa adecuada con que reblandecer la comida y calentar sus maltrechos huesos de cazadores primitivos.

¿Qué habría sido de ellos sin su pulgar para agarrar cantos con tamaña firmeza?, piensa ya en su cueva el Homo Sapiens Neanderthalensis mientras se atusa la barba, usando para ello su índice y su pulgar. Han pasado 700.000 años y Paco perpetúa a golpe de martillazo y maña la herencia cantera legada por sus antepasados Pedro y Andrés. Ahora, además de herramientas, Paco y compañía han empezado una suerte de arte labrando levemente las tumbas de sus muertos y esculpiendo a veces un par ojos en toscas placas de piedra elevadas así a proto-máscaras. También su familia de Neandertales empieza a comer marisco, que aunque más bien a dentelladas, bien podrían haber desmenuzado pulcramente si su cultura no hubiera impedido lo que las manos sí toleraban.

Pero para manitas, Antonio y sus contemporáneos los Homo Sapiens Sapiens, que hace hoy 15.000 años y un día yacían reunidos alrededor de una fogata en Dordogne, Francia, grabando mediante erosión las paredes de su cueva sempiterna.

Bisontes, mamuts y muflones, cacerías, ceremonias y bailes eran cincelados con deliciosa destreza por estos artesanos de lo rupestre, que dejaron también huellas de sus manos tan humanas estampadas en las paredes.

Y desde aquel tiempo, la vorágine. Primero el oro para los adornos, luego el cobre para los cuchillos y las flechas. Después el hierro para engendrar espadas y entonces, entonces la escritura para hacer historia. El trazo más sutil se hizo posible a manos del mismo que fabricaba armas cada vez más precisas. Fue cuneiforme, fue jeroglífica, fue china, cretense y precolombina, y se hizo la escritura alfabética al final para dejar garabatos ordenados de los tiempos idos.

Se hicieron ruedas, casas, máquinas, vías de tren y violines. Relojes y versos. Se hicieron las fábricas y las fábricas hicieron aviones y los aviones hicieron guerras y las guerras hicieron películas. Y las películas se basaron en novelas y se hicieron teclados para escribirlas y pantallas para leerlas. Y el hombre del presente, última especie conocida del género homo, se hizo a sí mismo dueño del espacio y el tiempo bajo la huella dactilar de su dedo gordo y vivió así a medio camino entre la tierra que le vio caerse del árbol, y el universo virtual que le verá diluirse.

Homínidos

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Calcetín Espinado

Si hay un colectivo que ha pasado el 14 de febrero sin pareja, es el de los calcetines. Ellos son así. Los compras testeándolos con caricias y mirada tierna por el mes de octubre. En Noviembre los estrenas, y ese día vas como mullidito, como cálido, como si llevaras un pedazo de hogar en los pies. Y luego llega un lunes por la tarde y, con la radio de fondo, sumido en tus quehaceres de trabajador intachable, lo haces.

Los echas a la lavadora.

Los echas así, como quien bota una simple camisa. Enmarañados, así. Sumidos en una espesura de ropa sucia entrelazada. Revuelta. Torpemente mezclada. Los echas incluso tarareando una canción, amenizando con esta candidez la escena y revistiéndola de una inocencia inquietante.

De esta forma tan inconsciente y acostumbrada es cómo tú arrojas tus calcetines a la lavadora.

Luego, un par de horas después, regresas al lugar de los hechos para tender la ropa, y empapas con cada prenda tus yemas de culpabilidad. Cada pinza es una bala caliente. Cada calcetín huérfano que cuelgas es una pista de tu mezquindad. Es entonces cuando, por cada pieza desabrigada que sacas del tambor, resuenan de nuevo los platillos de la toma de conciencia en tus entrañas. Otra semana más, Paquito, lo has hecho.

Has vuelto a echar tus calcetines a la lavadora como quien bota un pantalón y, como resultado, ahora sólo 4 de los 7 pares conservan su pareja original.

“Es muy duro”, confiesa Francisca Ordóñez, trabajadora en una de las fábricas españolas de calcetines más importantes del país. “Cada día en la fábrica es una pena. Todos los que estamos allí sabemos que, cada par de calcetines que metemos en las bolsas de plástico para mandarlos a las tiendas, acabarán separados tarde o temprano. Se les teje con cariño, se les ponen hilos de colores… ¡en cada paso del proceso ponemos amor! ¿Y para qué? Al final los calcetines sólo aguantan juntos tres o cuatro lavados. En fin… Es un trabajo muy duro. Mucho. Una peniña”.

Y es cierto. Las relaciones de un niño de 2º de primaria son más longevas que las de los calcetines. Y no porque no existan técnicas para evitarlo, además de la ya por todos conocida de comprarlos todos del mismo color. En Wikihow, por ejemplo, aconsejan juntarlos por la boca de entrada del pie antes de meterlos en el cubo, y comprobar siempre que no haya alguno que otro debajo de la cama o despistado en un cajón.

No fuera que al final la culpa no fuese del agujero negro de la lavadora.

Si tras seguir estos consejos sigues dinamitando más parejas que el WhatsApp, entonces Amazon te propone otra solución: una fabulosa red para calcetines con 4 compartimentos y cierre zip que mantendrán a los pares unidos desde el lavado más sutil hasta el centrifugado final.

Todo es poco, en fin, para rescatar a ese calcetín “aplastado, dolido y abandonado”, al que Santana dedicó sin saberlo una canción.

Calcetín Espinado – Youtube – Santana con Maná

Neoyonkis

  • La proporción de uso de tecnologías de información por la población infantil (de 10 a 15 años) es, en general, muy elevada. Así, el uso de ordenador entre los menores alcanza el 93,8% y el 92,0% utiliza Internet.
  • La evolución de los resultados según la edad sugiere que el uso de Internet y, sobre todo, del ordenador, es una práctica mayoritaria en edades anteriores a los 10 años.
  • Por su parte, la disposición de teléfono móvil se incrementa significativamente a partir de los 10 años hasta alcanzar el 90,3% en la población de 15 años.

Fuente: http://www.ine.es/prensa/np864.pdf

Fecha Estudio: 02-10-2014

Van por la calle como si fuera el pasillo de sus casas. Como si lo más peligroso que pudiera atropellarles fuese una mota floja del polvo de su hogar. Van absortos, van deleitados, van embebidos por una luz hipnótica y barbitúrica, tan narcótica que les mantiene las pupilas fascinadas desde que se bajan del metro hasta que se abandonan a su suerte cruzando las aceras sin mirar.

Se ríen. Lo hacen  virtualmente con emoticonos felices mientras la comisura de sus labios no se inmuta. A veces se sonrojan, tímidos, tirando a tiernos, y devuelven la caricia arrollando letras del teclado con sus dos vertiginosos lápices de pulgar.

Ahora que todos somos zurdos. Ahora que todos somos diestros.

Existe una creencia entre los padres que afirma que en la carga genética de los nuevos fetos hay ahora un apartado dedicado a la tecnología, lo que según esta teoría redunda en que los niños nacen con la capacidad congénita de manejar teléfonos móviles y iPads como quien antes peinaba, innatamente, una barriguita.

Curioso. Nunca hasta ahora la genética había aprendido tan rápido. Llevan décadas amenazando con algún día los niños nacerán sin apéndice y todavía es una de las operaciones quirúrgicas más comunes, pero Internet, por su parte, en poco más de 10 años ya se ha apropiado tanto de nuestra existencia como para invadirnos por nariz, boca y orejas y formar parte de nuestro ADN.

Que el uso de ordenadores sea una “práctica mayoritaria en edades anteriores a los 10 años”, según el último estudio del INE, poco tiene que ver con los genes y mucho con que para acallar los llantos ya no se usen chupetes sino iPhones. Estar de acuerdo con que los niños deben tener contacto desde bien temprano con el que probablemente sea su medio de vida, es casi una obligación, pero que la educación en materia del uso de las nuevas tecnologías ha de ser una nueva asignatura en los colegios y un nuevo capítulo en los libros de ayuda para padres, también.

En Finlandia, que en términos de enseñanza andan 50 generaciones por delante, enseñan a los niños a pensar más a que memorizar. En su filosofía educativa, la vida dentro de las paredes del colegio no ha de diferir del resto de la vida, y es en esa medida que la tecnología se inserta en los planes de estudio del mismo modo en que lo hacen la historia y las matemáticas.

Sólo así, modernizando la educación y adaptándola a las nuevas exigencias, se sabrá distinguir entre que en la mesa se come, en el colegio se aprende y al cruzar la calle se vigila el semáforo.

El título de este texto se ha tomado prestado de esta siempre recomendable lectura de Juan Tallón / http://descartemoselrevolver.com/2014/03/03/queremos-doblegar-a-moby-dick/ /

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Vida, Muerte y Resurrección de un Blog

Hoy es 19 de enero y además de ser un lunes frío, seco y contaminado hasta las trancas, cumple 4 meses el inicio de la decadencia mezquina  y torpemente justificada de este blog. Éste que, como todos, comenzó con buenos propósitos de vida grácil y que, como la mayoría, feneció lentamente quedándose sin aire en su segundo trimestre de vida, hasta tirar la toalla bruscamente en los albores del tercero. Sin intentarlo. Sin necesidad de muchas excusas porque el tiempo no estiraba ni como para ponerlas.

Murió, y esos padres que se parapetan en sus reglamentos como si nunca hubieran sido niños, agarrotados, se quedaron atrapados en un píxel entre Arousa y Watsonville sin que nadie, otra historia, viniera a recoger su testigo para tirar de otro hilo y aplazarles de esta guisa la condena.

Fue así cómo se esfumó. Como el bolígrafo que un día, por el choque fortuito con una libreta, es desplazado a una esquina del escritorio y cae así en un olvido solitario hasta que tu madre pone orden y lo devuelve al lapicero.

Así fue el hueco que dejó. Como el que se queda en la cabeza de todo el que se va de viaje y piensa que hay algo que ha olvidado meter en la maleta sin saber nunca qué fue.

Involuntariamente y sin excusas fue como este blog perdió el alma por el camino, quedándose solamente cubierto de píxeles y reducido a ceros, reducido a unos, porque las prisas son así y no dieron ni para incinerar la URL y esparcir los escombros de su lenguaje informático por entre parches y scripts.

Su existencia fue como la de tantos. Tan burdamente ejemplar que podría utilizarse como modelo de malas prácticas en una clase de marketing digital. Tan vulgar que nadie preguntó siquiera dónde anda metido EntreArousaYwatsonville que hace tiempo que no lo veo. Y tan digital que, como los milagros existen en el mundo de los códigos, está siendo hoy resucitado por la misma falta de tiempo que el 19 de septiembre le pegó una patada a su máquina de oxígeno.

A uno se le da por pensar cuántas cosas sacrificamos así, por falta de horas, mientras nos lamentamos por haberlas perdido enviando un whatsapp, escaneando Facebook, alumbrándonos en Instagram; como si el que  se hayan volado no estuviera en absoluto en nuestras manos, como si el que ya no estén no dependiera ni un poco de nuestras habitualmente mal organizadas prioridades para con el tiempo.

Hijos y Padres, Alumnos y Profesores

Hay un hilo que se rompe siempre. Es el que une el universo de los niños con el de los adultos, condenados apocalípticamente a no entenderse jamás, y castigados así a discutir mucho y muy improductivamente.

El momento en que el hilo se resquebraja es, más o menos, cuando uno cree que los que van a los botellones son los hijos de los demás. Es cuando tú, que te habías pasado todos los mundos de Súper Mario y varias veces, no pasas de la primera fase en un juego en tres dimensiones.

El hilo se tensa cuando como buen padre apuntas a tu hijo a un montón de actividades extraescolares que a él, de verdad, se la traen mucho al pairo, y se rompe definitivamente cuando pretendes crear una comunidad de lectores embutiendo la poesía de Machado en los anquilosados planes de estudio de los adolescentes.

No viéramos el rostro al padre Eterno
alegre, ni en el suelo al Hijo amado
quitar la tiranía del infierno,
ni el fiero Capitán encadenado;
viviéramos en llanto sempiterno,
durara la ponzoña del bocado,
serenísima Virgen, si no hallara
tal Madre Dios en vos donde encarnara.

¿Digerible con 13 años? La empatía es un don y es bien escaso. Y la falta de empatía es pensar que Manolito va a ser pianista solo porque lo lleves a clase de piano.

Recuerdo que en mi casa había mucha ilusión por regalarme juegos de construcción de todos los tipos pero yo, que construir, construía pero con mucha prisa y poca proyección, siempre demostré que mi naturaleza podía más que mi empeño y el de mi entorno. Ocurrió lo contrario con nuestro profesor de 2º de EGB: él decía que acabaría siendo periodista porque odiaba profundamente hacer dictados. Todo un visionario de las dicotomías y un señor, la verdad, con bastante de empatía. Cantábamos. Nos reíamos mucho pero, mira por dónde, aprender aprendimos bien y rápido aquel año, desde la tabla de multiplicar hasta que el flúor hay que escupirlo y la mayoría de nosotros –empollones, repetidores y rebeldes- lo recordamos aún hoy con bastante aprecio. Súper Juan.

Cuando crees que tu hijo va a contraer cirrosis porque te han dicho que lo han visto comprando whisky, estás rompiendo el hilo. Cuando crees que los poemas de Quevedo a Góngora y de Góngora a Quevedo son desternillantes y te ríes mirando el libro de texto mientras los recitas, lo calcinas. Y cuando a un niño le dices que la música es aprender Noche de Paz con la flauta dulce, le estás dando un portazo en el cerebro y sentencias tu asignatura a que parezca lo que no es: el recreo.

Los adultos nos tullimos en el instante mismo en que nos creemos que por ser los manipuladores del mundo, el mundo es nuestro. Nos parapetamos en nuestros reglamentos como si nunca hubiéramos sido niños, nos agarrotamos, y ya nunca más los entendemos del todo.

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La Tragedia Clásica del Nuevo Siglo

Tilikum, la verdad, suena a personaje de videojuegos.  Suena a uno de esos nombres que en los años 80 le ponían a las máquinas del futuro. Tilikum 2000. Suena también a Dios de una religión politeísta indígena. Suena, en cualquier caso, a nada bueno, y nada bueno es. Se trata del desafortunado nombre propio que sus captores decidieron poner a una de las orcas más infaustas del mundo. Tilikum.

Su aciago esqueleto de salvaje enlatado sirve en este post para unir un mar y dos prisiones. Empezamos por el mar, aunque enseguida se agria esta historia que tiene mucho de tragedia clásica porque aquí también el público es casi parte de la escena.

Prólogo

Un buen día de 1983, cuando la orca contaba con 2 años de edad y navegaba junto a su familia cientos de kilómetros alrededor de Islandia, una red implacable cayó sobre su aleta dorsal y se la aplastó para siempre. De la red tiraban varios hombres desbocados, sudados, radicalmente involucrados como quien cumple una orden a destajo sin pensarla dos veces.

Hace falta mucha fuerza y pocos escrúpulos para arrancar a un hijo de las aletas de su madre así que, como ambas condiciones se dieron, ese día los que iban a convertirse en Tilikum, Nandú y Samoa iniciaron su largo viaje en barco, avión y avioneta camino del infierno.

La lata de sardinas con alas tenía como destino el Parque Sealand, localizado en la costa del Pacífico de Victoria (Canadá). Allí Tilikum tomó contacto con su primer circo y su primera prisión, espacios que en realidad confluían como uno solo en los escasos metros cuadrados de piscina con los que contaba para existir.

Párodos

Todos querían a Tilikum.“Siempre colaboraba”, aseveran hoy los entrenadores del parque, “parecía que realmente disfrutaba con los espectáculos y saludando al público”. Habrá que entender, o desear que así sea, que el contexto de entonces no tiene que ver con el actual para asumir que a quien se le supone pasión por los animales haya pensado que una orca de 7 metros podía amanecer cada mañana cantando y silbando Verano Azul en un nicho más propio de un cadáver.

Tilukum en Seaworld. Fuente: http://www.freetillynow.org/

Tilukum en Seaworld. Fuente: http://www.freetillynow.org/

El 21 de febrero de 1991, para los suspicaces, comenzaron a darse evidencias de que en el ADN de estos gigantes no está el sentir placer dando vueltas al ruedo. Tal día como aquel, la entrenadora de 20 años Keltie Byrne tuvo el infortunio de resbalar y caer a la piscina en la que flotaban Haida II, Nootka IV y Tilikum. Las tres orcas, quien sabe si jugando, quien sabe si ajustando cuentas, comenzaron a zambullirla una y otra vez y a arrinconarla en el fondo. Primero Nootka y luego Haida, luego Haida y después Tilikum; así repetidas veces hasta que la entrenadora murió ahogada ante la incapacidad del resto de sus compañeros.

Fue el primero de los incidentes y para Sealand, al parecer, había sido suficiente. En noviembre de 1992 el parque cerró sus puertas y vendió las tres orcas al gran Parque Seaworld de los Estados Unidos, donde Tilikum sería “mucho más feliz porque contará con los mejores entrenadores y un gran espacio para nadar y sentirse libre”. Lo que los magnates de Seaworld compraron, en realidad, no fue una orca sino un semental gracias al que no tendrían que volver a surcar mares en busca de más ejemplares.

El nuevo estanque de libertad y baldosas amarillas se encontraba en Orlando, y solo tendrían que pasar 8 años para que, el 6 de julio de 1999, la orca volviera a verse implicada en la muerte de una segunda víctima. Se trataba en esta ocasión de un individuo de 27 años que, obnubilado tras haber visto tamaño espectáculo de saltos y sonidos el día anterior, había decidido probar suerte y echarse a nadar en el pequeño habitáculo nocturno en el que encerraban a Tilikum para dormir. Hipotermia fue la tesis oficial pero las ropas raídas y otros detalles abruptos dejaron evidencia de que el gigante había vuelto a jugar a las ahogadillas.

En ambos accidentes, los dos parques echaron balones fuera e hicieron creer a la opinión pública que el problema no era de una orca con la aleta dorsal alicaída que se auto fustigaba, frustrada, en su cama de 8 metros cuadrados; sino debido a imprudencias de las víctimas de las que no eran en absoluto responsables.

Éxodo

Los pretextos, sin embargo, se les acabaron el día que la entrenadora mejor reputada de Seaworld (Dawn Brancheau, de 40 años y con más de 16 a sus espaldas en tales menesteres) fue arrastrada, inmovilizada, sumergida, lesionada y finalmente ahogada por Tilikum ante cientos de espectadores.

Aunque la autopsia reveló que su médula espinal estaba seccionada y que tenía fracturas en la mandíbula, en las costillas y en la vértebra cervical, Seaworld se limitó a pagar una multa de 75.000 dólares y a retirar a la orca de escena hasta tu reincorporación al mundo del espectáculo el 30 de marzo de 2011. Seaworld, además, argumentó públicamente que la entrenadora había cometido un descuido fatal al acercarse al estanque con una coleta, y que tal osadía había sido el desencadenante de que Tilikum se precipitara sobre su espalda.

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Solo dos meses antes, en la Nochebuena de 2009, el Loro Parque de Tenerife tuvo también que maquillar ante la opinión pública el fallecimiento del entrenador Alexis Martínez a manos de una orca macho de 5.000 kg llamada Keto. El bloguero Tim Zimmerman fue de los primeros en denunciar la falta de transparencia de la institución tinerfeña y se decidió a contar con pelos y señales la otra historia de lo que había sucedido.

El coro

En 2013 el documental Blackfish vino a poner en la escena pública de masas el debate sobre la conveniencia de encarcelar a animales salvajes para someterlos al tratamiento de peluches. En el film, la directora Gabriela Coweperthwaite ofrece imágenes hasta entonces clasificadas en las que se muestra a unos animales frustrados, castigados, chantajeados y explotados como fantoches. Las escenas son tan dramáticas que solo siguen presentando dudas a los peces gordos de Seaworld: “El documental intenta explotar comercialmente una tragedia y, además, el obvia la gestión a favor de la protección y cuidado de los animales por parte del parque”.

Mientras el debate decrece, Tilikum sigue siendo explotado por Seaworld como una máquina de fabricar hijos. Éstos, aunque nacidos en cautividad, ya han dado evidencias de que un gigante del mar nunca encontrará apacible el hall de un estanque.

Para más información: http://www.freetillynow.org/behindthesmile.htm

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El cine dentro del cine o la Teoría Pixar

Si hay alguien que se ha rebanado los sesos buscando un hilo entre variopintos universos aparentemente aislados o, en cualquier caso, con una coalición invisible para la mayoría de los mortales, ése es Jon Negroni. Su locura como costurero de pasajes procedentes de películas de animación dio lugar a un entramado de tejidos tan extraño que su fiabilidad bien merece una imaginación profunda y un acto de fe ciega por parte del lector. Jon Negrori cosió, hilando muy fino, la que se conoce como Teoría Pixar.

Pixar, como de sobra sabéis, es la productora que ha venido a enseñarnos la vida animada en 3 dimensiones, la misma que le pegó un sustito a Disney lo suficientemente superlativo como para que éste decidiera convertirla en empresa subsidiaria. La teoría, en fin, no es posible resumirla en dos párrafos porque para entenderla, ciertamente, hay que ir al clip que se cayó al suelo en tal película y que alguien recogió en otra estrenada diez años después. No obstante, por curiosa, la historia bien merece una introducción que podréis completar, si lo deseáis, leyendo el texto original.

Principio y fin temporal de la hazaña caleidoscópica convergen en el mismo film. Se trata de Brave. Localizado en la Edad Media, es el único largometraje en que se explica al espectador por qué los animales del universo Pixar se comportan frecuentemente como seres humanos. Así lo escenifica el personaje de la Reina Elinor: Merida, su hija, deseaba que su madre cambiara de idea con respecto a su obsesión por que su primogénita contrajese matrimonio con un líder de los clanes vecinos, y desesperada decidió acudir a las artes mágicas de una bruja de poco fiar. Ésta le dio un pastel por medio del que Elinor, tras el primer bocado, cambiaría completamente de parecer. Pero era una verdad a medias. Lo que no le contó la bruja es que la forma en que esto sucedería sería mediante la transformación de su madre en oso. Tal infamia fue el inicio. La primera semilla humana en la mente animal. Pero no, en ningún caso fue la única: en la película se sabe que la bruja ha engañado con el pastel a más de un humano necesitado de milagros y vemos cómo, en su casa encantada, objetos inanimados tales como una escoba se comportan verdaderamente como personas.

Fue a partir de entonces, y hablamos de la Edad Media, que estos bichitos personificados empezaron a reproducirse y a crear una numerosa población de seres semejantes. Paulatinamente daba comienzo la era de lucha entre animales, seres humanos e inteligencia artificial, tal y como se presume en varias escenas de Ratatuille, Buscando a Nemo y Up. Por partes. En la primera, la parisina rata Remy logra desvincularse de su mundo ratuno cotidiano y, en el paraíso gourmet de París, consigue hacerse un hueco como uno de los chefs mejor reputados de la capital francesa. Es la rata más gastronómica de las ratas. Todo un ejemplo de cómo emplear los sentidos en arte culinario.

Jon Negroni sospecha que Charlez Muntz, antagonista de Up, puede haber oído estos rumores sobre las potencialidades de la vida inteligente animal y, en plena obsesión por sus conatos fracasados de capturar al ave exótica del sur, se le ocurre que tal destreza animaloide puede ser un excelente recurso para sembrar el mal. Es por ello, dice Jon, que Muntz decide crear collares traductores que le ayuden a entender qué es lo que anda revoloteando por las cabezas de su ejército canino. El intento de fechoría, eso es cierto, surte efecto, y es gracias a los canes que consigue capturar a la codiciada ave. En Toy Story 3, que viene al caso, una postal que sujeta Andy durante un microsegundo puede ayudar al espectador a ubicar el espacio temporal de Up. Se trata de una imagen de Carl y Eli, la pareja anciana de la película, firmada de su puño y letra. La postal parece indicar que Eli murió alrededor de 2010. Detallito.

Y en la mesa de mezclas falta por pinchar la tercera melodía en discordia, la de Dory con “sigue nadando” en Buscando a Nemo. Pues ahí va, pero a trocitos. Los que tengan una prodigiosa memoria recordarán que, al inicio de Up, una compañía constructora pretende expulsar a Carl de su casa, razón por la que éste acaba por emprender su viaje más allá de las nubes. La compañía es la misma que, en Wall-E, se considera la responsable de haber contaminado el planeta tierra hasta convertirlo en inhabitable para la vida tal y como la conocemos, y vuelve a ser la protagonista de un anuncio que el espectador avispado puede encontrarse en el mundo marino de Nemo. Se trata de la Compañía BNL, que en tal película advierte de que anda realizando investigaciones en el arrecife de coral. Es el Big Brother de Pixar Studios. ¿Y qué pasa con la inteligencia animal en Buscando a Nemo? Por un lado, todos los animales –con la excepción bien conocida de las gaviotas debido a un lenguaje que se reduce a “mío”- pueden hablar con normalidad y llevar una vida cotidianamente humana y, por otro, tramar planes francamente inteligentes. Dory, sin embargo, es considerada por la teoría como el eslabón perdido de la cadena de acontecimientos, una señal inequívoca, insiste Jon, de lo rápida que camina la evolución animal.

Debería continuar este post explicando las puntadas del otro hilo de la historia, el de la inteligencia artificial, pero el entramado es lo suficientemente complejo como para que exceda cualquier recomendación generosa sobre lo largo que debe ser el texto de un blog. Como decía en la mitad de este relato, si queréis saber más sobre el estrujamiento cerebral de esta víctima del celuloide de animación que tanto debió de engordar a base de palomitas, podéis hacerlo con un simple clic y un poquito de inglés. La historia, eso es cierto, termina redonda.

Fuente: cinemania.es

Fuente: cinemania.es

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En Macondo estuvimos todos

El día en que iba a morir, Gabriel García Márquez se despertó en su casa de la calle Fuego, en México, rodeado de su mujer, de sus dos hijos varones y de sus cinco nietos. Dicen los medios que Gabo murió en una atmósfera de quietud, de paz. Dicen –aunque poco saben porque la familia se entrenó durante años el mutismo- que Gabo murió cubierto de equilibrio y de silencio.

El silencio, imagino, es el clima natural de un escritor de novelas. Café, tabaco, y silencio siempre. Pero qué injusto que aquél que manejó las palabras como si tuvieran materia física y las puso en el orden natural que las academias habrían negado (“cuántas veces hemos tomado un café que sabe a ventana, un pan que sabe a baúl, un arroz que sabe a depósito…”), tenga que morirse sedando el verbo con narcóticos. La muerte es una trampa, es una traición que le sueltan a uno sin ponerle condición. Para mí es muy serio el hecho de que esto se acabe prácticamente sin ninguna participación de uno, sino cuando llega. Creo que es injusto”. Lo es.

De no haberse resbalado en aquella escalera, a buen seguro el Doctor Juvenal Urbino se habría plantado en la Calle Fuego para obrar otro milagro parecido al que protagonizó curando el cólera de aquél pueblo de Cartagena en el que, para Gabriel García Márquez, se desarrolló la que él consideraba su obra maestra. Pero ni él pudo ni  el médico que le visitaba tres veces al día lo consiguió. Cuidados paliativos y sedantes era todo lo que podía administrarse a un paciente que llevaba tiempo preparándose para una muerte anunciada. Aunque sabía, y así fue, que “morirse es mucho más difícil de lo que uno cree”. El cáncer linfático tuvo que aliarse con una bronquitis, un paro cardíaco y muchos años de algo así como demencia senil para secar la pluma.

Y lo logró. Fue a las 12.08 de un Jueves Santo que el hombre que hizo Nuevo al Periodismo, dejó de sobrevivir. Con él, la sonrisa amable con la que aprendió a dignificar los olvidos de los últimos tiempos. “¿Y cuando yo escribí eso estaba drogado o qué?”, preguntaba al leer pedacitos de su obra el que fue capaz de inventarse a José Arcadio Buendía y otras siete generaciones de Aurelianos y Amarantas.

Gabo, como legítimo hijo de Macondo, tenía ciertas habilidades para creer en supersticiones. En las flores amarillas. De algún modo, desde 2006 sabía que Pedro y Pablo Vicario podían estar esperándole en la puerta que daba a la plaza para matarle. Por eso, cada cumpleaños desde aquella fecha el escritor salía de su casa para saludar a sus vecinos y celebrar así otros 365 pulsos ganados en combate. Por eso, en el ojal de su chaqueta, infalible, siempre una flor amarilla. Decía que mientras la llevase consigo nada malo podía ocurrirle. También éstas llovieron en el entierro de José Arcadio. “Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una lluvia de minúsculas flores amarillas. (…) Tantas flores cayeron del cielo que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”.

El día siguiente al 17 de abril, un terremoto de escala 7.2 sacudió la Ciudad de México. Pero no. Contra todo pronóstico no se trataba de la resurrección de García Márquez.  El realismo mágico al que nos ha tenido acostumbrados lo habría hecho posible. Pero Gabo ya anunció una vez que “lo malo de la muerte es que es para siempre”, así que habrá que ir haciéndose a la idea de que no tiene previsto volver.

Tampoco hace falta porque alguien que escribió un mundo como El amor en los tiempos del cólera vive para siempre en la cotidianidad de todos aquellos que, de algún modo, hemos pasado por Macondo. ¿Quién no ha tomado alguna vez una cerveza con sabor a detergente?

Garcia_Marquez

Fuente: Ed. Digital de El País (17 de abril de 2014)

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Portadas como Puñetazos

A mí, que un granadino afincado en Sevilla me tenga que dejar prestados dos tomos de Los Gozos y las Sombras de Torrente Ballester porque mi inopia no ha velado por tenerlos, la verdad, me parece ya suficientemente punzante.

Que las portadas de ambos tomos, agravios de cartón, se compongan de ilustraciones que, marrones y figurativas, representen dos de los puntos más emblemáticos de mi patria chica… Eso ya desafina, ya escarnece, ya da que pensar. ¿Qué duda cabe de que desde el momento en que esas hojas resbalaron por los cilindros de la rotativa de Paracuellos de Jarama estuvieron consignadas a caer en mis manazas?

Absolutamente ninguna.

De por qué tuvieron que rodar de Madrid a Granada de Granada a Sevilla y allí esperar durante 22 años a que el azaroso destino las colara en la conversación de literatura que terminó por dármelos a conocer, tengo varias razones.  La más oportuna es que, en una incuestionable muestra de humanidad por parte del panorama económico-social del momento -¡crisis!- los antojos del universo quisieron que antes de encontrarme con las décimas ediciones de los tomos primero y tercero de Los Gozos y las Sombras me topara con el hijo barbudo del granadino que habría de prestarme los susodichos ejemplares.

Desde 1991 esperando, pacientes y en las sombras, los gozos de esos libros que son media Galicia comprimida en un abanico de 16 por 8 cm de tapa blanda.

Amarillas ya, las hojas siguen sonando a nuevo porque todo tienen de actual Clara Aldán y don Cayetano.

Del mismo modo ocurre con el hálito inmortal y taciturno que se desprende de las Ruinas de Santa Mariña, portada del primer tomo, donde el señor llega, y que cualquiera puede imaginar en idéntica pose hace un siglo y medio, cuando los muertos, que no han acabado de morir todavía, nunca morían del todo.

Sucede también que la piedra empapada de verdín que cubre la portada entera del tercer tomo continúa vigente, y así lo entenderá cualquier interesado que se pase por esta villa y respire el relente frente al solemne Pazo de Fefiñáns.

El tren turístico, quizá, desmerecerá la experiencia pero así está el mundo, entre los gozos y entre las sombras. No se deje engañar por la campanilla del tren. Clara Aldán y don Cayetano siguen vivos, así el pazo, así las ruinas, y así esos tomos que desde 1991 esperaron, entre el Albaicín y Nervión, a pasar unas vacaciones en el alma que llevan dentro.

Y digo vacaciones porque esta vez, por variar, los libros serán devueltos a quien los dejó prestados. Prometido.

Portada_Ruinas

Fotografía: Rafael Vázquez

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Un minuto en el mundo

A las 06:17 amanece un nuevo sol tras los rascacielos del Parque Central de Caracas, a donde solo llegan los rayos de luz que permiten los 46 boquetes de la apocalíptica y maltrecha Torre de David. No muy lejos dos estudiantes que preparan consignas para la manifestación de hoy investigan un crimen que acaba de cometerse en una de las callejuelas que dan a la Rua Tamandaré, en Sao Paulo, cuando el reloj en esas latitudes marca las 07:37 de la mañana. El asesinato tendrá que archivarse sin resolver porque el muerto no era nadie más que un buen hombre de las favelas que había bajado a por pan, nadie, y porque el culpable, un vicioso del crimen de la premeditación y de la perfidia, se encuentra ya en ese momento sobrevolando el Atlántico camino de Madrid. Los estudiantes voltean dando inconscientemente la espalda a la única pista en el lugar de los hechos, el botón de una camisa hawaiana que una vez compró el criminal en el aeropuerto de Krakovia, mientras en Madrid, el camarero del bar que esta noche le servirá su primera cerveza de bienvenida, prepara los vermús inaugurales para los jubilados de la jornada. Son las 12 y media pasadas allí y en el Nueva Galicia se habla de fútbol y de la nueva emigración. Laura Alonso es la nieta de Federico,  un ex combatiente Compostelano que se movió joven hacia la capital para hacer negocio con los tornillos, “y la pobriña tuvo que emigrar a Alemania después de hacer una carrera, un máster y hablar tres idiomas. Válghame Dios. Vaia país de pandereta”–ora Federico con el codo en la barra. En el bar entra un nuevo cliente en el mismo momento en el que un pájaro se estrella contra la cúpula del Reichstag y un pitillo se extingue en la boca de don Martín. Don Martín es un argentino que pronto enamorará a Laura al calor de Brandeburgo para desgracia de Federico y, finalmente, también para la desgracia de la propia Laura cuando después de tres meses de idilio diga que se va, que echa de menos su mate, su tango y su río de La Plata. La penúltima calada de su cigarro coincide con la explosión de un coche bomba en Moscú, cuando las agujas se inclinan allí sobre las 14:39. Sirenas de ambulancia y flashes de Reuters compiten por el espacio alrededor del aeropuerto de Mogadiscio, donde dos diplomáticos de bigote espeso y calcinado yacen escondidos bajo un humo de astillas de cristal. La noticia dará vuelta al mundo pero nunca llegará a la isla de Palau Taliabu, en Indonesia, porque allí la historia es otra y a estas horas, las 18:40, andan más preocupados por recolectar madera, quemar basura y reconstruir los techos de uralita en previsión de una nueva tormenta de las del paraíso. Un europeo retirado que vive y pesca en un islote vecino, sin embargo, ha recibido la señal del atentado a través del transistor que su abuelo había comprado en Berna en los años sesenta, y como tiene un cuñado que anda en los negocios y aterriza a menudo por la estepa rusa, llama de inmediato a París, que allí vive su hermana, para cerciorarse de que tout va bien y amenazar de paso con una inminente visita a su ciudad natal. En París son las 12:37 pero en Nueva Delhi es hora de resurgir los puestos callejeros y devolver las santas vacas al mausoleo del hogar. Macilentas, sí, descarnadas, sí, pero su venerable pertenencia no hay rupias que las pague ni atasco que no las perdone. O eso pensaba René antes de abandonar Aracataca buscando una existencia más mística. Ahora, la verdad, entre lo del hambre y lo de García Márquez está como que le faltan Magdalena y su Macondo. Mira el reloj. Son las 16 y 23 y, como quien pretende sortear miles de kilómetros de un soplido, cruza la calle silbando Las Mañanitas del Rey David, aunque la barahúnda de chillidos que profieren las bocinas de las motos castiguen la melodía a parecer penosamente muda.

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